El auge del mercado de activos y la creciente polarización de ingresos en la primera década del siglo XXI fueron los principales impulsores de esta tendencia que trajo la desregulación del precio de los apartamentos. Al mismo tiempo, comenzaron a entrar en el mercado coreano marcas extranjeras de muebles y de decoración del hogar asequibles a todos los bolsillos, y rápidamente ganaron popularidad entre la gente joven que aún no había comprado una casa.
La clase media coreana del siglo XX, cuyo símbolo era tener un piso y un coche en propiedad, se desvanecía en la historia. No obstante, la política de oferta de vivienda del Gobierno obtuvo significativos resultados en el largo plazo: actualmente, los apartamentos suponen más del 60% de la vivienda total de Corea.
Mismo espacio, distintas vidas
Park Hae-cheon Profesor, Departamento de Diseño, Universidad de Dongyang
“Evergreen Tower” (2001), una serie de retratos familiares del artista fotográfico Jung Yeon-doo, muestra a 32 familias que viven en un mismo edificio de apartamentos en Seúl. ¿Cómo viven esas personas en espacios casi idénticos? ¿Qué intenta mostrar el artista?
Evergreen (o “Sangnok”) Tower, el escenario de esta serie de fotos, es un edificio de apartamentos terminado en 1996 en Gwangjang-dong, al sureste de Seúl, construido por POSCO para destinarlo a viviendas de alquiler para empleados que llamó la atención de la comunidad arquitectónica. A diferencia de los típicos edificios de apartamentos de hormigón armado, fue el primer edificio residencial con estructura de acero en Corea. La torre de 25 pisos también tenía un muro cortina de aluminio, otra tecnología nueva en la Corea de entonces. Sin embargo, las salas de estar de las fotos son muy similares a las de cualquier otro apartamento.
“Evergreen Tower” (2001), de Jung Yeon-doo Seis imágenes de una serie de 32 fotos© Jung Yeon-doo
Orden visual
Lo primero que llama la atención en estos apartamentos es cómo el diseño interior de cada sala de estar mantiene los elementos existentes cuando los inquilinos se mudaron. Las 32 casas tienen las mismas luces del techo y el mismo decorado. Es como si ninguno de los inquilinos hubiera cambiado los accesorios que instaló la constructora al terminar el edificio. Las diferencias las marcan las personas, los muebles y los artículos para el hogar.
Eso implica que todo lo que no se puede mover es exactamente igual en cada sala de estar, mientras que lo que sí puede moverse refleja una variedad considerable, mostrando claramente la personalidad de los ocupantes. Como los residentes no son propietarios de los apartamentos, tiene sentido que su esfuerzo por decorar se limite a muebles y objetos móviles. No obstante, pueden apreciarse indicios de un aspecto muy importante que comparten la mayoría de los apartamentos coreanos: el orden visual de la sala de estar.
Para esa tarea, repasamos un ensayo del crítico literario Kim Hyun (1942-1990) de finales de la década de 1970, titulado “Literature of Our Era: Thick Life and Thin Life”. Describe las particularidades del interior de los apartamentos, en base a su propia experiencia tras vivir en uno de los primeros complejos de bloques de Seúl con vistas al río Han, de la siguiente forma:
“En un apartamento, los objetos pierden su volumen y se funden en una imagen preexistente, como las líneas de un avión. Todo se distribuye en una superficie plana, y por tanto todo se muestra a la vez. No hay lugar para esconderse en un apartamento, ya sea una persona o un objeto. Todo está abierto, pero esa apertura, sin embargo, no expresa profundidad: es una apertura superficial”.
Por tanto, en el interior de un apartamento todo está inevitablemente expuesto, no hay lugar para esconder nada. Precisamente por eso, la mirada adquiere una fuerza omnisciente y todopoderosa, y el espacio donde esa fuerza alcanza su plenitud es la sala de estar. Sin resistencia, los objetos en la sala de estar quedan pasivamente inermes ante la mirada de cualquiera que entre por la puerta principal, y su identidad expuesta se convierte en “una imagen ya amortizada, como las líneas de un avión”.
Aquí destaca el papel de la ventana de la terraza, que ocupa una pared completa de la sala de estar. Al entrar en la sala de estar, la mirada se dirige automáticamente hacia esa ventana, fuente de iluminación para el interior. Pero el papel de la ventana no termina ahí. También sirve como una especie de “punto de fuga”, que muestra la sala de un vistazo. Las líneas rectas que se extienden desde los cuatro vértices de la ventana siguen los bordes de las paredes hasta seccionar el orden tridimensional de la mirada. Pero ese orden carece de profundidad: es superficial. En contraste con la función del punto de fuga, ese plano vacío genera horizontalidad.
Cada uno por su cuenta
El orden visual de la sala de estar así estructurado sufrió una transformación durante la década de 1980, cuando el salón fue redistribuido hasta convertirse en una especie de “cine en casa”. Hasta entonces, en estructuras residenciales previas, como las viviendas unifamiliares, los televisores generalmente estaban en el dormitorio principal. Pero a medida que el estilo de vida de sentarse en sillas en vez de en el suelo se hizo más común, la televisión pasó a la sala.
En sus fotografías, Jung Yeon-doo capta el orden evolutivo de la sala de estar del apartamento. Sobre un idéntico fondo, compuesto por las luces del techo y el papel tapizado, y una capa de muebles alineados en forma de “cine en casa”, cada foto contiene un estrato familiar con distintas poses. Esas tres capas parecen disponerse una sobre otra como imágenes de un libro desplegable.
Así, “una vez han perdido su volumen original”, esas tres capas se aplanan entre sí. Kim Hyun escribió una vez que los apartamentos “personificaban” la forma de pensar de la clase media coreana. Jung Yeon-doo complementa esa afirmación: aunque los coreanos intenten hacer que sus apartamentos sean diferentes, son el escenario de un “dulce hogar” que representa la identidad de formas no tan distintas. Son la puesta en escena de la felicidad.
Buenos recuerdos grabados
Lee In-kyu Editora de “Hi-Bye, Dunchon Apartments”
Una “chica de apartamento” nacida en Dunchon Jugong Apartments, al extremo sureste de Seúl, tras vivir allí durante 17 años y al ver que los apartamentos desaparecerían por el desarrollo y la remodelación, comenzó a documentar su “ciudad natal” para preservar la memoria del complejo.
Los apartamentos Dunchon Jugong, terminados en 1980, nacieron bajo la política de suministro de viviendas a gran escala del gobierno coreano (fueron construidos por la Corporación de Tierras y Viviendas de Corea, cuyo nombre abreviado es “Jugong”). Más de 100 bloques de apartamentos, todos de menos de 10 pisos de altura, se alineaban en una parcela de unos 150 acres, que la gente bautizó como “cajas de cerillas”. Pero realmente era un lugar hermoso.
Los bloques de apartamentos estaban bastante separados, y mediaba cierta extensión de jardín y pequeñas colinas entre ellos. Cuando paseaba por sus serpenteantes senderos, sentía como si caminara por un bosque. Las abuelas salían y, sentadas en sillas ubicadas a la entrada o en los bancos de los parques infantiles, charlaban todo el día. Era un barrio agradable y tranquilo.
Dunchon Jugong Apartments, terminados en 1980, sumaban 143 bloques y un total de 5.930 hogares. Los planes de reconstrucción del complejo se firmaron en 2017 y la demolición se completó antes de acabar 2019. En su lugar construyen una “mini ciudad” que albergará 10.032 hogares en 150 acres. Se completará en 2022.© Raya
Mi amada ciudad
Desde que eché a andar con mis pies pequeños y regordetes, subía y bajaba las escaleras del apartamento. Hice mis primeros amigos en el patio de nuestro bloque, y con esos amigos fui a la escuela de primaria ubicada dentro del complejo. Cuando volvía a casa de la escuela a diario, tiraba mi bolso en mi habitación y salía rápidamente. Corría bordeando el césped hasta el patio cerca de casa, y allí me quedaba hasta que mi madre asomaba la cabeza por la ventana del séptimo piso y me llamaba para cenar.
De vez en cuando visitaba la casa de algún amigo que vivía en un bloque en otra parte del complejo, y la vista desde la ventana del salón siempre era totalmente nueva para mí. Ese vasto complejo era como un patio de recreo gigante donde no importaba cuánto explorases, porque siempre hallabas lugares nunca antes vistos.
El paisaje del vecindario también cambiaba con las estaciones. En primavera, los cerezos de cornalina amarilla en la colina detrás de nuestra casa eran los primeros en florecer, mientras que las magnolias blancas y las rosadas flores de cerezo llegaban algo después. Un poco más tarde, era hora de agacharse entre la hierba a recoger artemisa con mi madre, que luego llevábamos a la tienda del molinero local para hacer fragantes pasteles de arroz verde, que compartíamos con nuestros vecinos.
Cuando hacía suficiente calor como para salir con solo una chaqueta ligera, florecían los árboles de lila y las acacias blancas, y todo el vecindario se impregnaba de su profundo aroma. En torno a esa época, podíamos escuchar el sonido de ranas croando a lo lejos, y en pleno verano surgían los chillidos de las cigarras. Cuando llegaba el otoño, ese paisaje sonoro era reemplazado por el canto de los grillos.
A medida que crecía y descubría el ciclo de las estaciones, los árboles - una vez pequeños y delgados- crecían junto a mí, marcando los años con sus anillos. Mi familia se mudó de casa cuando yo estaba en la escuela secundaria y cuando volví al vecindario por primera vez desde entonces, ya con 30 años, esos árboles eran grandes y frondosos, y llegaban hasta el quinto piso de los bloques de apartamentos.
1. Árbol del amor en plena floración al llegar la primavera (jardines de los apartamentos Dunchon Jugong).© Ryu Jun-yeol
2,3,4. Dunchon Jugong Apartments cambiaba de aspecto cada temporada, cuando las flores de sus distintos árboles brotaban a la vez. Abajo, una joven Lee In-kyu (de rojo), autora del artículo, juega con su hermano en el patio cubierto de nieve.© Lee In-kyu
Habitabilidad y rentabilidad
Mientras todo un bosque crecía dentro del complejo Dunchon, fuera de él surgían edificios por todas partes. Una vez Seúl quedó totalmente repleto, construyeron nuevas ciudades en todo su perímetro, ampliando la expansión urbana. Pero esa expansión solo provocó una mayor convergencia de cosas y personas en el área metropolitana. Posteriormente, tras la crisis financiera asiática de 1997, Corea fue arrastrada por el neoliberalismo y muchas cosas cambiaron. La gente quería su propia “gallina de los huevos de oro” y la remodelación de apartamentos se convirtió en la “llave mágica” para realizar ese sueño. La demolición de los viejos edificios de poca altura y la construcción de bloques de apartamentos mucho más altos en su lugar, indicaba que las empresas podrían obtener tanto beneficio como cantidad de hogares lograran acumular en una misma parcela de tierra.
Mi ciudad natal tampoco pudo evitar el curso de los acontecimientos. Se comenzó a hablar de reurbanización a principios de la década del 2000, unos 20 años después de la construcción del complejo, y en 2003 se creó un comité para impulsar la reconstrucción. Visto desde la perspectiva de la “habitabilidad”, el complejo Dunchon, con sus edificios bajos y sus grandes espacios abiertos entre bloques, era un lugar muy agradable para vivir. Pero desde el punto de vista de la “rentabilidad”, estas virtudes tenían otra lectura.
Al ser unos de los pocos complejos de apartamentos de baja densidad que quedaban en Seúl, la reurbanización del lugar prometía enormes beneficios. Una vez establecida la sociedad para la reconstrucción, el complejo comenzó rápidamente a mostrar signos de dejadez. En poco tiempo, los residentes dejaron de cuidar la apariencia de sus hogares y del vecindario. Y aunque la remodelación fue increíblemente lenta, continuó avanzando constantemente, paso a paso.
El último adiós
Cuando llegaron las señales de inminente remodelación, simplemente no podía creer que mi ciudad natal, el lugar que atesoraba todos los recuerdos de mi infancia, desaparecería sin dejar rastro. Y eso no me sucedía solo a mí: sentía como si todo el tiempo allí pasado, los preciados recuerdos allí cultivados, y hasta las relaciones de los que habían convivido allí, se evaporarían hasta quedar en nada. Antes de que eso ocurriera, ignorando si era inadecuado, quería crear algún tipo de registro. Entonces, en 2013, publiqué un libro y abrí una página de Facebook para comenzar un proyecto que bauticé como “Hi-Bye, Dunchon Jugong Apartments”.
Inesperadamente, muchos residentes, previos y actuales, que temían ser privados de ese lugar. El trabajo de documentar un vecindario que estaba a punto de desaparecer creció y continuó, y ahora abarca cuatro libros y el documental “Una larga despedida”.
En otoño de 2017, cuando casi todos los residentes ya se habían ido y la demolición estaba por comenzar, muchas de esas personas volvieron para despedirse. Dos años después, el vasto complejo desapareció y quedó extinto, como los dinosaurios.